9 de mayo de 2010

Viaje a la cara oculta de la Luna

Moon. Duncan Jones, 2009.


Parece que la idea de un futuro desolador, con un planeta devastado y yermo está cobrando fuerza en el panorama cinematográfico actual. Recientemente lo hemos visto en la mediocre El libro de Eli (A.&A. Hughes, 2010), la interesante La carretera (John Hillcoat, 2009) o la encantadora Wall-E (Andrew Stanton, 2008).

Ahora nos llega esta Moon, del debutante Duncan Jones, con guión original propio y con un Sam Rockwell en estado de gracia. Sam es también el nombre de nuestro protagonista, un llanero solitario en la Luna cuya misión es recolectar helio-3, el carburante limpio que la humanidad necesita. En su período de estancia de tres años, Sam trabaja junto a un simpático robot llamado Gerty cuya única apariencia "humana" es un emoticono o smiley estilo Messenger que cambia de forma según el estado de ánimo del propio robot. Partiendo de esta premisa, explícitamente evocadora de 2001: Una odisea en el espacio, se desarrolla una trama que respira aire de ciencia ficción añejo (por aquello del limitado uso de efectos especiales) pero que disemina ciertas argucias narrativas con tal de procrastinar la verdad, en un tramposo intento por mantener al público en tensión (la estúpida aparición de una mujer que el protagonista cree ver no es sino una artimaña para que pensemos que el bueno de Sam ha enloquecido). El ulterior descubrimiento de un clon suyo no le desestabiliza sólo a él, sino a todos los espectadores que, por un tiempo, serán placenteramente conscientes de que están jugando con ellos. En este punto es donde Moon se desinfla: una vez descubierto que detrás de la trampa no hay más que cartón, la película navega sudorosa por los cauces convencionales del "quiero-volver-a-casa", apenas si rozando las divagaciones filosóficas -el proceso de anagnórisis del propio yo podría haberse explorado más y mejor- y concluyendo en un final laxo e increíble.


Con todo, Moon despunta como una película interesante, hasta cierto punto heterodoxa, dirigida con pulso firme y convencida de sus posibilidades -si bien ha recibido numerosos premios internacionales-. A buen seguro que Duncan Jones volverá a intentar sorprendernos con otro filme de ciencia ficción que prepara para 2011. Hasta entonces, que este prometedor debut sirva de impulso para otro jóvenes realizadores que, como Jones, aún crean en la posibilidad de un cine futurista no anclado en el 3D y los fuegos de artificio.

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