5 de marzo de 2010

Influjos de una obra mayor

Ana y los lobos. Carlos Saura, 1972.

En el seno de una familia destartalada y anacrónica aparece de la nada, de entre los bosques, Ana, una joven institutriz de origen inglés. De moral pacata, tímida y recogida, Ana habrá de hacerse fuerte entre los hermanos que habitan un caserón donde el mal germina inexorable.

La dupla Saura-Azcona nos ofrece aquí un interesante planteamiento que gira en torno a tres ejes epicúreos: la violencia, el sexo y la religión, representadas en el carácter de José, Juan y Fernando. No obstante, el intento de Saura queda lejos de trascender las rugosidades del tema que plantea, que por momentos genera estrechos vínculos con Ordet (Dreyer, 1955), con la que comparte no sólo el triunvirato protagonista sino las afecciones teológicas del personaje de Fernán Gómez, que dialoga abiertamente con Johannes, su homólogo en el film danés. Esto es así hasta el punto de encontrar pasajes de idéntico parecido, por lo ilusorio y divino del asunto (la levitación en una, la resurrección en otra).

Esto no es óbice para encontrar también ciertas divergencias: en la película de Saura se nos sustrae la posibilidad de la salvación, de la esperanza, a pesar de los intentos de purificación (la cremación, la cueva pintada de blanco). Aquí, el anacoreta deviene en réprobo a conveniencia.
Sin embargo, no vamos a restarle mérito a algunos logros de la cinta como son el tratamiento de tan espinoso tema en una España tardofranquista o el mantenimiento a lo largo del metraje de una tensión dramática suficiente que, aun rozando el histrión, goza del saber hacer de uno de los directores más respetados del panorama español.

Al final, Ana se marcha por donde vino, por entre los bosques, hacia la nada.




*Nota: Lo cierto es que ésta no es una crítica "impresionista" como por lo visto se nos pedía, y es que llegué tarde a las indicaciones del profesor. De todos modos, no habría sabido hacerla.

No hay comentarios:

Publicar un comentario